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Reflexiones para comenzar cada año

A esto se agrega la mercadotecnia que nos hace creer que todo es perfecto, que no hay nada que nos provoque dolor, por lo que se le ha dado una visión no cercana al origen de la Navidad.

Y es que es en momentos como estas festividades cuando nos enfrentamos a nuestra realidad, a lo que tenemos, a qué tan solos o acompañados estamos, a qué tipo de relaciones mantenemos en el mundo, a nuestras necesidades, a lo que estamos dispuestos a dar y lo que recibimos. En realidad puede ser momento de análisis interior y reflexión.

Es cierto que en nuestra vida existen cosas que forman parte de nuestra realidad, y aunque no las queramos están presentes; el problema viene por la falta de aceptación. Si yo estoy en una situación que no es del todo placentera y lucho por evitarla, generalmente me produce grandes frustraciones.

Por el contrario si comienzo por aceptar que aunque en mi vida haya cosas que nos me gustan o quisiera no vivir, pero las acepto, tengo mayores posibilidades de vivir en paz.
Todos en algún momento de nuestras vidas hemos sentido sufrimiento y dolor, y cada quien le da un sentido distinto o simplemente no se lo da, a lo que le sucede.

Una vida sin algún sufrimiento sería irreal y poco entendible.

Realmente del dolor podemos sacar grandes aprendizajes, así como de los momentos más felices.

Existen personas a las que les provoca tal angustia el sufrimiento, que se convierte en un tema prohibido del cual no quieren hablar, como si de esa manera evitaran sufrir con lo propio o con lo que alguien les comparta, esto es como querer controlar sentimientos que están presentes, que no podemos desaparecer; solo podemos ocultarlos, aplazarlos o hacer como si no estuvieran, eso solo pospone su presencia ya que de alguna forma saldrían y a veces en el momento menos esperado.

Por mucho que luche por no estar triste o más bien por evitar demostrar una tristeza, puedo tener una cara de amargura y aun mostrarlo de maneras indirectas.

Tiene más valor y además les brinda a los otros la posibilidad de escucharme y entenderme, si abro mi corazón y comparto lo que en realidad me sucede.

Si trato de esconder debajo del tapete lo que me causa dolor a manera de desaparecerlo, y ante cualquier conflicto, mejor lo callo esperando que así se resuelva, solo pospongo su solución y muchos pueden hacer esto por años y años, llenándose de resentimientos y amarguras; además pierden de vista que ese dolor puede ser fruto de crecimiento, de algo positivo y que depende del sentido que se le dé.

Además al encontrarle un sentido me daré la oportunidad de no caerme y seguir intentando, porque los momentos de crisis siempre son oportunidades para el crecimiento o el hundimiento, yo soy quien decide cuál opción tomar y todos contamos con esa libertad.

Es natural que a veces en las personas que han sufrido muchas cosas, que quizás en su infancia ha habido muchas razones de dolor, se desarrolle un miedo a los conflictos, al dolor al sufrimiento, a tal grado que para no sentir ni placer ni dolor, se mantengan ajenos a todo, con relaciones superficiales y así se pierden de sentir, aunque sin darse cuenta dejan de sentir lo bueno y lo malo, intimidad y cercanía con otros para no sufrir desengaños o fracasar en las relaciones.

Cuando hemos sufrido y somos conscientes de que la tristeza y el dolor son parte sana de nuestra vida, somos capaces de aceptar lo que venga con mayor serenidad, con esperanza y paz. Esto no implica desaparecer el dolor, sino ACEPTARLO que seria el primer paso ya que el luchar contra el sufrimiento o luchar para no sentir genera una ansiedad desgastante que nos quita fuerza para salir adelante, es como un miedo al dolor que no nos permite aceptar la realidad.

Hay diversos sufrimientos por lo que hemos pasado, por ejemplo por muertes de seres queridos, perdidas, enfermedades, problemas económicos, el ver a un ser querido dañarse o sufrir, y muchos otros que seguro en algún momento te ha tocado experimentar.

Lo que nos falta ver es la enorme gama de posibilidades que tenemos para enfrentar el dolor. Podemos lamentarnos, compadecernos y quedarnos así, muy probablemente solos por ser pesimistas.

Podemos frustrarnos, desesperarnos y angustiarnos y permanecer preocupados en lugar de ocuparnos en lo que si podamos solucionar.

-Seguro conocemos a alguien que viva obsesionado con lo malo que ha vivido, se compadece de si mismo, se queja de los otros, todo le sale mal y jamás ha disfrutado lo bueno que hay en su vida; es como si el sufrimiento le diera un panorama muy pequeño y no pudiera ver más allá.

En cambio hay personas que tienen historias terribles de mucho dolor y sufrimiento en su vida, pero que esto les ha servido para crecer más, para aprender de la vida, para confiar más en Dios y en sus propias capacidades.

Todos cometemos errores y en algún momento fracasamos, lo malo es no hacer nada después de equivocarnos, esa no es la solución.

¿Cómo queremos estar?, ¿como queremos que sea este año?, ¿qué podemos ganar y aprender de lo que hemos vivido?, incluyendo lo doloroso.

Cuando adoptamos esta visión, el sufrimiento y el dolor ya no son motivo de angustia o impotencia, sino fuente de maduración y superación, de reconocer lo que de mi depende usando mi inteligencia, libertad y responsabilidad y reconociendo lo que no está en mis manos para ponerlo en manos de Dios.

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